miércoles, 5 de octubre de 2016

Descerebrados de moda

Tribuna Abierta publicada en Página 4 del periódico Levante EMV (29 septiembre 2016. http://www.levante-emv.com/opinion/2016/09/29/descerebrados-moda/1472903.html)

Estimado lector que inviertes unos minutos para leer un artículo de prensa: no te voy a decir nada que no haya dicho antes a mis alumnos de Filosofía. «Lo que quiero enseñaros no es sólo que sepáis afrontar este examen, sino que sepáis abordar una conversación con vuestros padres, una discusión en vuestros futuros trabajos y, llegado el caso, cuando os enfrentéis a vosotros mismos en el silencio de ciertas preguntas. También aprenderéis a escuchar antes de hablar. Y a valorar las ideas de todo el mundo». Esto mismo anuncié en clase de Bachiller momentos antes de repartir un examen de Filosofía. El filósofo es incómodo, lo sé. Pero eso mismo le hace humano. Y todo dirigente, de un país o de una gran empresa, debiera tener uno a su lado para que le diga lo que nadie le dice; porque no lo ve o porque no se atreven a decírselo. Al filósofo no le mueve el interés personal, sino la verdad. Por ahí quedaros tranquilos, competidores de oficina. Hacia esta dirección deben dirigirse los pasos del ser humano. Que no os distraigan las flashes ni los cutis de los famosos. No os convirtáis en descerebrados de moda. Aún estamos a tiempo de, sino reenderezar la deriva de la sociedad, al menos de compensarla. 
En el mercado laboral, además, ojo a lo que viene: en un puñado de años, más pronto de lo que pensamos, el 60% de los trabajos actuales serán asumidos por las máquinas. No es una novela de ciencia ficción. La tecnología crece en progresión geométrica. Ya existe un hotel en Tokio donde todos sus empleados son máquinas. Es lo que viene. Haceros fuertes en algo que jamás pueda desempeñar una máquina pues de lo contrario seréis «amortizados». Así, a mis alumnos les expliqué el Test de Turing y luego debatimos de en qué nos distinguimos de los animales. Les hablé del lenguaje. De Saussure y de Merleau-Ponty. De la capacidad creativa. De cómo el ser humano es capaz de resolver un problema «no dado» en su vida y de por qué diablos los castores llevan todo su vida haciendo los diques exactamente de la misma manera.

Querido lector, el hombre no es más que lo que la educación hace de él. Esto no es mío. Es de Kant. Y yo percibo que el sistema educativo está modelando a los alumnos para convertirlos en operarios. Trabajadores sumisos sin capacidad crítica. Ciudadanos sin herramientas para debatir sobre se hizo bien en disparar a aquel gorila de un zoo de Mississippi «por miedo a que hiciera daño» a un niño que había caído en el foso del animal. Nuestros alumnos deben poder afrontar la cuestión con argumentos biológicos. Desde el punto de vista antropológico. Social. E incluso religioso, sí. Alumbrar el problema desde todos los ángulos posibles. Es como dar vueltas a una casa para contemplarla desde todos sus lados y a diversas horas del día. Entrar en ella, tocarla, respirarla y vivirla. Escuchar en silencio si crujen sus andamios. Percibir cómo cambia su estética con la luz de la tarde y con la vida de una familia en ella. Y luego reforzar tu análisis con autores y corrientes que te enseñaron en clase. Sí, en Bachiller. Donde enseñamos a realizar una exposición adecuada en la que demuestres que has sido capaz de detectar la auténtica problemática de la que vas a hablar. Demostrar que sabes definir los términos que utilizas. Que conoces los matices e inexactitudes en el uso de tus palabras, pues sin el buen uso y la correcta definición compartida de ellas (principio socrático) de nada sirve ponerse a hablar.
Lector puede que aún no lo sepas, pero la LOMCE ha suprimido la asignatura de Filosofía en Segundo de Bachiller. Algunas CC.AA. se han plantado ante esta medida y le han echado un pulso al Ministerio para frenar este retroceso intelectual en España. Semejante desobediencia al Ministerio de Educación está fundada. Es un acto de responsabilidad intelectual. Y como está justificada yo aplaudo a estos gobiernos autonómicos. Pero también les envidio, pues el mutismo de la Conselleria de Educación Valenciana calla y se me antoja connivente. ¿Quiere el Consell ser corresponsable en este embrutecimiento de los valencianos? ¿Está a favor de convertir las escuelas valencianas en factorías de operarios eficaces? Estimado Consell. Estimados ciudadanos: ¿de qué sirve conducir un Aston Martin, un Bentley o un Jaguar si el conductor es un idiota?

martes, 24 de mayo de 2016

No quiero más huéspedes




Todos sabemos qué es un ‘huésped’. Pero os lo recuerdo: “persona alojada en casa ajena”. No es ésta una definición xenófoba, sino de voluntad de permanencia. Mi modo, de amor. Aclarado por donde van a ir los tiros: no quiero más huéspedes en el Valencia CF.
Quiero que aquel que venga se quede a vivir en mi casa. Bien porque lo deseaba antes de venir bien porque aunque no lo deseara, al entrar en ella no tuvo ya otro pensamiento que formar parte de la misma. Del Valencia CF. Y me da lo mismo que haya nacido en el barrio o en Kuala Lumpur, pues los sentimientos no entienden de fronteras. Algunos de los más admirados miembros de nuestra familia no nacieron aquí; son de Castilla-León, del País Vasco, de Argentina…Pero no estuvieron de paso. Casi ninguno antes de llegar. Y si hubo alguno antes de hacerlo, al descubrir nuestra casa la respetó, la amó y ahora la venera. Pues siempre será su casa.
Me temo que hace ya tiempo solo hay huéspedes que van y vienen. Los he visto desde la ventana  como la mayoría de vosotros, pero también desde el interior de la casa, como algunos sabéis. Huéspedes sin pena ni gloria en el mejor de los casos, o costándonos disgustos en el peor. Facturas que aún pagamos por inexperiencia o mal asesoramiento en el mejor de los casos, o por mala fe en el peor de ellos. Que de todo hubo… y sigue habiendo.
Este fin de semana he visto la cara honrada y orgullosa de Jaume Doménech pese a las pachangas de Singapur. Y me he dicho varias cosas; ahí tienes a un jugador sin experiencia en Champions… que tiró del carro en esa competición ante la indolencia de una plantilla de huéspedes. También me he dicho: ahí tienes a un chaval que te salvó 10-12 puntos que ahora te harían permutar tu plaza en Segunda con el Rayo, Getafe o Levante UD… y al que se le premió con un ‘destierro-express’ sin motivo profesional alguno (mi gran epifanía personal en el VCF). Ahí tienes a un chaval que siendo mejor, igual o peor que Ryan y Alves no te ha tirado petardos en el vestuario. Y por último me he dicho: sí, ahí tienes a un chaval que pese a todos los “ahí tienes” de antes está en Singapur, solícito, posando con la mejor de sus sonrisas.
¿Sabéis por qué? Porque Jaume no es un huésped. Y yo estoy harto de huéspedes. De eso, y de que se forren las paredes con fotos de principios de siglo; cuando en nuestra casa la gente quería vivir, crecer y morir.


Publicado en Café Mestalla (http://cafemestalla.com/no-quiero-mas-huespedes/)

lunes, 23 de mayo de 2016

Adiós, querida

Hace ahora 16 años marché de casa de mis padres. No porque me llevara mal con ellos, todo lo contrario, sino porque como quiera que me educaron a valerme por mí mismo y yo hacía un tiempo que tenía trabajo, entendí que era el momento de irse.
Como todos los pasos que doy, me comprometo al máximo. Así que abandoné el ambiente doméstico asumiendo mi nueva autonomía con todas sus consecuencias. Y las de las tareas del hogar, también, claro. Debía aprender a cocinar, a planchar, fregar, hacer la colada, reparar persianas, poner cuadros... en fin, todo lo que hacían mis padres. En ese instante tú entraste en mi vida, querida.
Yo apenas sabía gran cosa de las tareas domésticas. Aún recuerdo aquel artículo que publiqué en prensa narrando mi primera colada tendida un fuerte día de viento en el barrio de Malilla... Vaya desastre. ¿Pero quién nace aprendido? El caso es que no quería llevarle la ropa a mi madre los fines de semana y que la pobre mujer, que ya hizo ocupándose de tres hombres (y varios perros), se arreará el planchazo dominical y le entregara al "nene" la ropita hecha junto a una montaña de 'tuppers' para evitar cocinar de lunes a viernes. No quería ser así, no.
Como tampoco quería que entrara ninguna mujer de  la limpieza en mi hogar. Quería aprender a hacer esas cosas yo para que, llegado el día, tuviera la mente clara a la hora de enamorarme de una mujer. Lo entendí como una manera de despejar el camino al amor verdadero, sí.
Una tarde en Burjassot te encontré. Me recordabas a mi infancia: alegre, poderosa y simpática.
El tiempo ha corrido desde entonces, ¿verdad? Sé que has visto mucho y contado nada. Éxitos y desengaños en el trabajo. Amigos que vienen y van, unos pocos que se quedan y vuelven (muy pocos). Y de chicas mejor ni hablar.... Ya sé que me ha costado dar con la adecuada, ¡qué quieres, no he sido muy rápido para ciertas cosas en la vida! Pese a todo tú siempre demostraste paciencia maternal y sé que no juzgabas a ninguna (eso ya no es maternal).
En silencio esperabas que fuera a buscarte. Te necesitabas y cumplías. Punto. Así de sencillo. Este fin de semana el óxido que ha ido recubriendo tu cuerpo y que yo me negaba a ver, ha dado paso a una serie de atascos en tu respiradero. Me temo que llegó la hora del adiós, fiel amiga.

Hormiga atómica, nunca te olvidaré.





viernes, 6 de noviembre de 2015

Piña entre la EMT y un taxi

Aunque un taxi no es un tren y un autobús tampoco lo es, que piñen estos dos vehículos yo lo entiendo como un 'choque de trenes'. Cualquiera que circule por la ciudad sabe esto. El resto de conductores tememos a estos dos depredadores de la calzada urbana. Sin duda los que ocupan la cúspide de la pirámide alimenticia. Se meten en tu carril sin señalizar la maniobra, toman un curva invadiendo varios carriles... y ya te quitarás tú. Pero bueno, eso es otra historia. Aquí lo interesante es saber qué ocurre cuando se enfrentan el Tyrannosaurus Rex con el Giganotosaurus. Pues yo lo he vivido. A los periodistas nos encantan estas cosas. Podemos acercar al lector lo que realmente pasa en la calle. Pero para eso hay que estar en la calle. Aunque eso también otra historia (del sector prensa, cada vez más 'oficinista').

Les decía, ayer jueves 5 de noviembre de 2015, a eso de las 12 h. del mediodía, cogí el '4' de la EMT con mi nuevo bono recién comprado (8 euros del mismo + 2 euros de la tarjeta. Total 10 euros) en la calle de las Barcas. No habíamos llegado a la siguiente parada cuando un taxista chirrió, lateral con lateral en claro homenaje a las cuadrigas de 'Ben Hur', con nosotros a la altura del Palacio de Justicia. Qué casualidad, por cierto. Todos los pasajeros nos asustamos. No fue un golpe pero el quejido metálico nos causó zozobra, vaya. El conductor arrimó el autobús en un lateral de la Plaza de las Américas para evitar entorpecer el tráfico. El taxista lo estacionó tras él. Miré hacia atrás por una de las puertas (primera de las fotos que acompañan esta peripecia). El retrovisor izquierdo del taxista se había desintegrado. No pude ver más de su lateral, aunque intuyo habría más daños. Del autobús, ni idea. No llegué a bajar de él hasta el final del relato y cuando lo hice ni me acordé, francamente.

Taxista siniestrado aparcado tras el '4' de la EMT.

El conductor del autobús no se puso nervioso ni lanzó ningún improperio como cualquiera de nosotros hubiera hecho al tener un accidente. Muy profesional. Acomodó el mastodonte rojo en esa flexión hidráulica semilateral derecha, abrió las puertas y descendió para hablar con el conductor del taxi. Al poco regresó a la cabina, extrajo unos papeles e informó por radio del incidente. Muchos pasajeros, viendo que la cosa iba para largo, decidieron abandonar el autobús en silenciosa resignación. Otros permanecimos en él. El taxista regresó al '4' y se asomó por la puerta frontal. No llegó a subir. Pero todos pudimos comprobar su estado de nerviosismo. Por supuesto, nadie tenía la culpa. Eso es tan español como el Quijote. Taxista y 'busero' (me permitirán el coloquialismo que rescato de mi época escolar) intercambiaron versiones tipo "Iba yo en mi carril y eres tú el que te has metido en él" sin esperar a que el otro cediera su postura. Eso que vemos a diario en cualquier tertulia de TV. Nada nuevo bajo el sol.




El conductor de la EMT rellenando el 'parte'.

Pasaron los minutos y alguno pasajeros se fueron impacientando. "Tengo cita con el médico a las 12 h y no voy a llegar. Son menos diez", se quejó uno. La señora de al lado apuntó: "No es culpa del conductor". Calló. No obstante, el 'busero' se giró a la media docena de pasajeros que aguardábamos con paciencia y nos habló en valenciano. Nos dijo que a apenas 30 metros se encontraba la parada de Navarro Reverter, donde el siguiente '4' pasaría en breve. "Ya, pero van todos cargadísimos, como para subir en otro...", musitó alguien tras de mí. Al parecer un crucero había llegado a la ciudad, y cuando eso sucede las líneas que llegan al Puerto de Valencia (el '4' entre ellas) se colapsan.




 El conductor de la EMT aguarda paciente la llegada de la inspectora.

A mi izquierda una anciana llamó a su nieta por teléfono. "Nena hoy haré fideuà, pero llegad un poco más tarde que aún estoy en el autobús". A mi derecha dos hombres debatían: "Oye, y los que se han bajado... ¿pierden el billete? ¿Les cuenta un pasaje del bonobús o se lo reintegran de algún modo?". Son las dudas del consumidor, claro. En una ocasión se fue la luz en Kinépolis y el acomodador nos pidió el corre electrónico a los presentes. En unos días me llegó un e-mail de un responsable de los cines belgas diciendo que podríamos disfrutar de una sesión gratis. Por ejemplo.



  La inspectora de la EMT finaliza su trabajo y abandona el lugar.


Una mujer perfectamente uniformada llegó al lugar. Era la inspectora de la EMT. Lo primero que hizo fue hablar con el taxista. "¿Está usted bien?". Luego subió al autobús y le preguntó al conductor algo similar. Hablaron unos minutos, recogió unos papeles y marchó (foto superior a estas líneas). Arrancamos. Pasamos varias paradas de largo. Le pregunté al 'busero' si no tenía previsto parar en alguna, pues ya me veía donde los cruceristas... "Jo pare on vosté necesite", me respondió. Y así lo hizo.


Esto es lo que ocurrió. Los empleados de al EMT evidenciaron mucha profesionalidad. Tanto el conductor como la inspectora. Nunca transmitieron nervios al pasaje (ni al taxista), ejecutaron su protocolo de actuación en caso de accidente según toca y a tiempo. Estuvieron amables con nosotros y se nos habló en castellano o valenciano según la lengua en que nosotros les habláramos a ellos. 

Creo que está bien contar estas cosas. Son nuestro día a día. Sin cámaras ni ruedas de prensa en traje chaqueta. Es esta gente quien realmente hace funcionar los servicios. Las empresas. Públicas o privadas. Estos comportamientos provocan que uno vuelva a subirse al autobús o no. La calidad del servicio fideliza al usuario. También le hace crecer. Y yo quiero que quede constancia por esta gente de la línea '4'. 

martes, 29 de septiembre de 2015

Protégete del Efialtes de tu sector

     Me encontré la semana pasada con un antiguo profesor de tenis. De entrada diré que cruzarme con antiguos profesores me ilumina el día, qué quieren. Son personas que te dejan un poso enorme en la vida, pese al maltrato al que se somete su sector desde todos los ángulos posibles. Él fue de los mejores que tuve. Que yo no diera para más es otra historia. Le avalan grandes raquetas de nuestro país forjadas en sus horas de clase. Como todo aquel que ama lo que hace (¿hay otra manera de vivir?), sabe que debe mantenerse en forma y así lo hace. A nivel técnico, táctico, físico y psicológico asiste y organiza congresos, charlas y toda suerte de encuentros entre profesores, alumnos, jugadores de ATP, preparadores físicos, psicólogos, padres y cualquier elemento que influye en la compleja ecuación que determinará si un tenista se cuela entre los 100 jugadores de la ATP

   Me pido una cerveza. Él tiene prisa. Acaba de entrenar a dos chavales. Uno de ellos apunta muy alto, me dice en voz baja. Como guardando un secreto. Esperemos que no descarríe ni que lo hagan descarriar, añade. Al poco, dos chavales espigados aparecen de vestuarios. Son ellos. Junta su paso al suyo y marchan los tres. No sin antes compartir conmigo una reflexión que trasciende el tenis tanto como para coger de las solapas a esta maldita economía que hoy nos toca vivir. 

   Cuenta que un padre le pidió que bajara la tarifa de sus clases de tenis. "Hay profesores por ahí que cobraban la mitad”, le dijo. Me miró a los ojos y concluyó la historia. 

_Le di la mano y le dije ‘lo siento, yo no puedo cobrarte esto. Mucha suerte, que le vaya bien a tu hijo’…

   Yo lo entendí perfectamente. Con algunas clases de francés que me pidieron este verano sucedió algo similar y ni me molesté en regatear. Tantos años de estudios, de estancia en el extranjero, de invertir en las mejores universidades para autodevaluarte como si tu tiempo, tu esfuerzo, tu pasión, y por qué no decirlo, tu dinero (y tiempo atrás el de tu familia) no hubieran valido la pena. Así que aplaudí sus palabras.

_Bien hecho. Has entrenado a los mejores. Tú nivel de profesorado es alto y así debe ser.
_Mira Alejandro, yo sé que la economía está como está y que hay que adaptarse, pero lo que yo no puedo hacer es entregar toda mi vida a mitad de precio. Me asusta la competencia feroz que hay y los compañeros de profesión que dan clase por cuatro duros para meter a veinte chavales en la pista e ingresar más dinero... los chavales, nos olvidamos de cómo educamos a los chavales... 

   Cuento esto porque si queremos que se nos respete en nuestra profesión debemos respetarnos a nosotros mismos. Las tarifas deben adecuarse a la realidad del mercado, sí, pero jamás traspasar un nivel que transforme nuestro producto/servicio en una cosa que no es. En el ejemplo precedente es alguien ajeno a la realidad de la materia (un padre, al cual no le basta conocer los precios del mercado para saber cuánto cuesta formar a un profesional) quien regatea por un servicio. Está en su derecho. Como el profesor lo estuvo en declinar su propuesta en gesto de dignidad profesional. 

   Pero yo quiero ir hasta el final. Cuando se han tumbado todas las barreras. Cuando el enemigo ha sorteado todas las trincheras y se te mete en casa.  

   El profesional, decía, debe hacerse de respetar mediante un acto individual que conlleva consecuencias colectivas. Es un acto envolvente. Protegiéndose a sí mismo, custodia a todos sus compañeros. Desgraciadamente, este tren puede llevar distintos pasajeros. Así,  quien se envilece a sí mismo provoca una desprotección entre sus compañeros que lentamente termina arrojándoles a los pies de los caballos. Ejemplo de esto: hacer horas no remuneradas de manera sistemática o, peor aún, trabajar gratis (sí, he conocido estos casos en situaciones continuadas de hasta un año) alegando “es mi vida, tranquilo, tú haz lo que quieras con la tuya y déjame a mí hacer lo que yo quiera” genera agravios comparativos con unos compañeros que cumplen con su trabajo como se les pide. Como adquirieron en su contrato. 
   Quien se comporta de este modo egoísta, y lo peor aún, vil, es el que entrega el cuchillo con el que se apuñalara a sus semejantes. Es el Efialtés que señala el paso oculto a los persas para aniquilar a los 300. Y como él, es un acto premeditado. Su objetivo, envuelto en una oscura trama de aparente falsa irresponsabilidad, no es si no eliminar a la 'competencia'. Destruirte a ti haciendo que te destruya otro y salir él impune del asesinato (laboral) maquinado en su sucia mente y perpretado sólo hasta el instante de apretar el gatillo. Salvo hacer girar el tambor ha hecho todo lo demás. Que no te engañe. Él nunca contempló uniones, ni quiso asociaciones o colectivos. 

    Finalizao con esto que me ocurrió hace unos días. Compañeros del sector prensa. He tenido la cortesía de eliminar el medio de comunicación, aún cuando ellos no tuvieron el respeto de tratarme como un profesional. Sólo pido que se reflexione y recordad que vuestros gestos en la profesión tiene una movimiento envolvente. En vuestra mano está decidir en qué dirección.



viernes, 18 de septiembre de 2015

El 'selfie' o el YO que se olvida de que hay otros

Miércoles noche. Los padres de una de mis vecinas se han ido. La adolescente invita a sus amigos. Una de la mañana. Dos. Tres. Cuatro. Cinco y media de la madrugada. A eso hora quizá debiera decir ya de la mañana. Los amigos de la muchacha se despiden dando voces, queman neumáticos en la calzada y apuran las marchas sin saber que el camión de la basura asomará el cabezón en esa misma curva del final de la calle. Antes de esto, como ya imaginarán, el paquete premium; música (en el exterior de la vivienda, nótese el detalle) a todo trapo, petardos (estoy hablando del mes de agosto no de las Fallas) y cánticos/jaleos varios con micrófono de karaoke incluido. ¿Hará falta un micrófono para la terraza de una casa? 
Por fin, el silencio. 
    Ocho de la mañana, otro de mis vecinos (el de la cara Este) comienza a pasar la máquina expiradora de pinocha por todo el perímetro de la vivienda. No tiene sentido que siga en la cama. Me levanto con un solo objetivo en la mente de este cuerpo fatigado: que llegue el mediodía y pueda mendigar algo de sueño. A las 14.30 h, ya comido y con dura sensación de resaca marcho malhumorado a la cama. La falta de sueño, entiéndase. Paso del sofá. Necesito asegurarme la siesta. Sin luz. Sin ruido. Aislamiento recuperador. ¡Oh sorpresa, mis vecinos de la cara Sur han invitado a su familia de un pueblo del interior de Castellón a comer! Pese a la sofoquina que hace un mediodía de agosto en Valencia, deciden reunirse para comer en el exterior. Con la que está cayendo. 
    Pienso que no puede ir a peor la jornada. Tendré que aguantar hasta las postres. Doy vueltas en la cama de un lado a otro. La cabeza me zumba. El cuello y la espalda me sudan. Qué asco. Dan las 16 h. Tras los cafés, la peor noticia: hay la sobremesa. A las 19 h acabó el jolgorio, los brindis al sol y demás retos dinásticos. A esa hora no crean que el que firma este pequeño relato estival seguía en la cama tratando de conciliar el sueño. Qué va. Hacía mucho rato que había perdido la esperanza en ello, y desde luego, en el sentido común (por decirlo amablemente) de mis semejantes. Y, francamente, ya daba igual lo que ocurriera esta nueva noche en ciernes. Ya daba igual. Mi cuerpo estaba machacado y mi mente rendida. Ya me daba igual. 
    
   Lo peor de todo esto es que no puedes criticar porque siempre hay alguno (notarán quiénes, obviamente cualquiera de los protagonistas de arriba) que te salta al ataque con lo que eres un “amargado”. O ‘reprimido’. O qué sé yo. Cualquier ataque, porque cuando cuestionas la acción de tus semejantes parece que deberás recibir un ataque verbal de respuesta. Será las tertulias de la TV que han calado hondo. Mejor insultar que dialogar. El que suscribe ha montado fiestas en la adolescencia cuando nuestros padres se iban de fin de semana, ¿Qué creen? Pero jamás haríamos algo como lo de la hija de mis vecinos. Por tres motivos: por educación (éramos chavales pero no maleducados), por sentido común y por las peculiaridades del lugar (sólo los domingueros actúan sin pensar en las características de una zona donde un chillido se oye a varias manzanas de distancia).


    Y da igual que les digas que hay gente trabajadora que debe madrugar al día siguiente para sostener a una familia (en tiempos de crisis). O que quizá tengan a un bebé que necesite conciliar el sueño. O que tal vez tengas a un familiar enfermo que requiera de ciertas horas de reposo. Los hechos demuestran que no han barajado esto, claro. Y dicho esto, puede que hasta me digan algo así como “¡Pues váyase a una ermita y hallará esa paz!”. No. Mire, yo no quiero alejarme de la sociedad. Sólo deseo que la gente aprenda a convivir en ella. Que las fiestas, las tareas de jardinería y las celebraciones familiares está bien hacerlas, pero que si se hacen el fin de semana mejor. Hay veces que no es posible, lo sé. Pero si se puede, mejor. Y si las mismas se hacen en un horario razonable, mejor aún . Y si parte de esas celebraciones las terminas en el interior del domicilio a partir de cierta hora, mucho mejor aún chico.

    Escribo todo esto para recordar el porqué de las normas y las leyes. Cuando decidimos vivir en sociedad es porque decidimos someternos a cierta regulación que asegure el bienestar común. Las leyes surgen porque, desgraciadamente, el sentido común no es compartido. Y cuando no todos tenemos la misma visión de las cosas y algunos deciden que ‘su libertad’ es inviolable y hay que ‘respetarla’ a riesgo de convertirse quien no lo haga en un amargo, un dictador o vaya usted saber qué; en ese momento surgen las leyes. Y si no se cumplen, aparecen las fuerzas de la autoridad para hacerlas cumplir.

     En un reciente debate abierto en Linkedin a raíz de una foto de protocolo se venía a tocar uno poco esta misma idea. Les comento: era la foto oficial de presentación del Consell de la Generalitat Valenciana y en dicha foto hacía una valoración profesional de lo adecuado o no de la indumentaria escogida por los consejeros para la foto oficial de la Generalitat Valenciana (http://www.planabout.es/#/la-puesta-de-largo-de-una-junta-de-gobierno). Algunos compañeros de LinkedIn opinaron que cada consejero tenía ‘su’ libertad individual para ir como quisiera en esa foto. Que, incluso, si había parte de los valencianos que se identificaba con esa manera de vestir (protocolariamente incorrecta), debía convertirse automáticamente en la adecuada. Supongo que si uno quiere ir a la ópera en bañador y chanclas está en su derecho, pues nadie puede vulnerar la libertad individual de uno para hacerlo. Otra cosa es que le dejen entrar pese al pollo que monte en la puerta sobre ‘su’ libertad individual. O si uno decide entrar en un velatorio escuchando música del móvil. ¡Que nadie le coarte ‘su’ libertad por gozar de la música, es un melómano!

     Son ejemplos exagerados pero que se nutren de la misma línea argumental: imponer la manera de pensar de uno (o de unos pocos, en todo caso la minoría) a una sociedad en la que la mayoría se ha dado libremente unas leyes que deben ser respetadas. Y por supuesto, cumplidas. Estas leyes, repito, existen porque el sentido común en ocasiones es traspasado.

Si la mayoría ha establecido que en los actos de Gobierno procede cumplir ciertas normas _véase el protocolo_, habrá que respetar la voluntad de la sociedad en la que vives. Lo mismo ocurre para los horarios de trabajo, los horarios festivos, etc. Y si llegado el caso la mayoría decide que esas normas deban cambiarse, pues se cambiarán. Por supuesto. Para esto vivimos en democracia y libertad. Y en la misma, la mayoría decide con libertad cuáles son las pautas que deben seguirse para tratar de vivir en armonía. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Playa de Valencia. Su Marina. Sus poblados.

      Anteayer fue lunes 14 de septiembre de 2015.  A última hora de la tarde se rozaban en Valencia los 30 grados. Soplaba un leve viento del Sur. Cielo muy despejado. Uno de esos días que la ciudad demuestra por qué de su luminosidad única en el mundo. Al Este, en el horizonte marítimo, caía suave un telón de finas capas rosáceas al tiempo que el sol iniciaba su triste marcha al interior de la península. Algunos barco se había dormido en el Mediterráneo. Tres o cuatro, no más. Tanto era el placer que ni se molestaban en orientar el velamen. El marinero quería acabar la jornada reposada, ya tendría tiempo de marchar a casa. Octubre estaba a la vuelta de la esquina, pero varios bañistas probaban suerte en la mar. Alguno hubo que rodeado de semejante placidez se entregó a la merced de las aguas. El vaivén de un perezoso Xaloc a duras penas agitaba la superficie marina. El bañista aprovecha para tumbarse boca arriba, 'haciendo el muerto', para prolongar el suave acunar del día. En esta postura recibía un húmedo golpeo infantil de periódicas olas sobre su nuca. Aletargado, con los pies mirando al Norte, alcanzaba a ver entre sus tobillos el puerto de Port Saplaya, los altos edificios de El Puig, las pequeñas jorobas de Puzol junto a la costa y, al fondo, los Altos Hornos de Sagunto.

    En la arena, lo de siempre. Parejas de enamorados conteniendo su pasión más mal que bien. Traspasándose sus miradas. De aquí para allá jubilados con su andar errático. El rostro de sufrimiento en la mayoría de deportistas completando un circuito que va de La Patacona al Puerto de Valencia y vuelta a empezar. A un lado del paseo marítimo, los deportistas juegan al fútbol-playa. Se divierten. Compiten. Clubes de baloncesto, atletismo y cualquier otra disciplina se citan en la orilla y preparan su partido del fin de semana. Parejas y solitarios pasean sus perros y animales. Una mujer camina seguida de un hurón. La gente le pregunta. Y extranjeros... mucho extranjeros. Se escucha hablar en italiano, francés, ruso, inglés y alemán. La gente se muestra feliz. Sin abrumar pero disuadiendo lo suficiente la Policía transita con su vehículo por entre los viandantes. Nadie se molesta. Aquí no hay malas caras. Los chiringuitos siguen abiertos. Mejor es decir que no cierras. Las jornadas maratonianas machacan a los camareros. Se les ve en las caras. Y se huele su sudor. Toca preparar las mesas de las cenas. En apenas una hora anochecería y los turistas impacientan su reglamentario aperitivo en la playa de Valencia.


El paseo de la Malvarrosa.


    Yo ya no veo suciedad en el paseo. Ni en la arena. Ni en la mar. El cambio ha sido brutal. Cualquiera valenciano con más de 30 años sabrá lo que es sortear jeringuillas en la arena y tampones usados al nadar. Así estuvo la Malvarrosa. Un vertedero al que nadie quería ir. La Valencia industrial, la Valencia techno ha dado paso a otra cara recién llegada.


      Ahora me quedan pendiente el Sur y el Oeste. Más allá de la caseta de Touristing Valencia, bajo las enormes banderas que custodian la entrada a la Marina Real desde el Paseo Neptuno... apenas se adentra un alma. Y eso que ni 100 metros separan el paraíso antes descrito del éxodo que ahora vamos a contar. Es uno de esos choques sorprendentes. Como Nápoles y Capri. La una enfrente de la otra, bajo el mismo sol, pero viviendo realidades muy distintas.
    El Marina Beach Club acabado a la carrera y frenado de golpe por temas administrativos (licencias). La gente lo señala y se pregunta cosas. Los lugareños seguimos padeciendo la Valencia de dos ritmos: el administrativo y el de la iniciativa privada. Con la temporada de verano casi acabada, ahí que padecemos el enésimo parón arquitectónico. Al menos este no es sine die. Se supone que se inaugurará 'a lo grande' el próximo verano. Pero como todo en esta ciudad, ya se verá. El parque infantil que da entrada al Norte de la Marina Real ha conseguido atraer familias y gente que pasea sus perros. Pero no hay vida comercial. Los restaurantes de esta parte Norte de la Marina Real, muy bien amueblados, con gastronomía competitiva y precios razonables pasan desapercibidos. Los camareros se miran los unos a los otros. Los encargados apuran las copas y fuman sin ganas mientras no se explican como hasta allí no acude nadie. ¿Y el tardeo, no era la nueva moda? No será allí. Como casi todas las tendencias en Valencia. No pasan por allí. La estampa de la Marina Real nada tiene que envidiar a la de cualquier bocana de capital de país. La brisa de septiembre en Valencia. La música que tanto apreciamos los valencianos. La temperatura del Mediterráneo. Todo. Pero nadie hay. El 'Cube', ese pub-pantalán, ideal para los 'after-works' de ahora, literalmente vacío. El camarero limpia afanoso la barra. Una y otra vez. No deja de sacarle brillo. Casi con rabia.
    ¿Son caros los alquileres de los locales en la Marina Real? ¿Por qué la Escuela Municipal de Vela de Valencia no dispone de más barcos, de más personal, de mayor espacio, de mejor y más promoción y publicidad? ¿Por qué los pocos negocios de náutica ahí establecidos lloran de emoción cuando se asoma algún (posible) cliente? ¿Por qué el centro de negocios en su totalidad radica tan alejado del mar? ¿Por qué no se facilita el transporte y aparcamiento hasta allí? ¿Por qué no pasa nada o casi nada en los Tinglados a lo largo del año (yo solo veo skaters y bikers practicar sus trucos antes de la cena)? Son preguntas que deben resolverse para tapar la boca a Blasco Ibañez. Si no, para darle la razón de que nuestra ciudad morirá viviendo de espaldas al mar.


Vista de los restaurantes de la zona norte de la Marina Real. Foto EMV.

    Y el Oeste. El Grao. El Cabanyal. El Canyameral. La Malvarrosa. El Cap de França. En definitiva, los poblados marítimos. Viene un nuevo plan urbanístico. La compleja situación de abrir la ciudad al mar respetando la idiosincrasia (negocios, arquitectura...) de quienes viven y se han críado en 'primera línea'. No sé si los Poblados Marítimos deben hacerse un peinado como lo ha hecho Ruzafa. Francamente, no lo sé. Ruzafa ha dejado parte de su identidad entre monociclos y libros de adorno en las estanterías de lugares públicos. Cerca del mar 'Casa Guillermo' se renueva. 'Casa Montaña' se torna lugar de 'selfies' y moderneo. El artista contracultural se hace fuerte con las tortillacas de 'La Peseta'. Todo eso está bien. Pero yo no cuento muchos más de media docena de locales que ninguna guía recomendaría por allí. Que alguno hay, sí. Pero alguno. Y tendrían que haber más. Y más diversificados en su oferta. Se asoman. Parece que se va a iniciar el movimiento. No lo sé. Es el barrio al que le toca lanzar el penalti de la tanda. A colocarla, suave y templada por la escuadra. O chupinazo al medio. Pero que entre. Luego vendrá Benimaclet, aunque yo creo que le tocará antes. Pero nunca acierto en mis previsiones.


 Una de las calles del Cabanyal . Foto 20minutos