viernes, 22 de febrero de 2013

Ciudad Idea


Venía yo caminando por el Puente de las Flores. Como una pequeña onda expansiva que se aleja perezosamente del centro de la ciudad. El poniente aupaba los 21º reales de otro irreal mes de diciembre en Valencia. Cruzar un puente a pie resulta pesado pese a que al principio se aborda con entusiasmo. Para matar el tedio de los pasos no te queda otra que perder  la mirada por doquier. El criarme en el campo hace que aún mantenga el gesto natural de mirar hacia las alturas. En la ciudad la gente focaliza en línea recta. En crisis, hacia abajo. En el sentido de mi caminata lo más alto que percibí fue la torre del Palacio de la Exposición, una edificación preciosa. Gótico florido. Elegante huésped de la Exposición Universal de 1919. Regia torre con chorreras color pastel. Un bellezón.

En el cénit de este éxtasis arquitectónico se me despertó esta refrescante idea: derribar todos los edificios antiguos de la ciudad. Y cuanto más antiguos, mejor. Todos. Aunque bien pensado, los seminuevos, también. Qué diablos, arrasaría con toda una ciudad para levantarla de nuevo de mano de jóvenes arquitectos que no tuvieran en su CV más que aquello proyectado en su imaginación. Qué audaces. Su sola directriz sería: “respetar el futuro”. Para evitar que estos arquitectos cayeran en la tentación de alimentar su ego, jamás sabrían que sus ciudades serían plasmadas en la realidad. Como en 'El juego de Ender', se les encargaría un proyecto al modo final de carrera. Ellos, pensando que no trascenderían el ámbito académico, que no traspasaría la teoría del aula, liberarían todo su potencial creativo sin ataduras, sin mermas ni desviaciones psicológicas. Y a esa ciudad la llamaría Ciudad Idea.

En ella los políticos no habrían ejercido antes. Y, como en la República de Platón, ni tocarían ni tendrían contacto con el dinero. Además, la amalgama de proyectos que hoy en día se confinan 'laboratorios' de carácter efímero y lugares abandonados de la urbe, adquirirían en Ciudad Idea carácter de arquitectura permanente. Y cuando abuelos, hijos y nietos hubieran crecido al amparo de ella… La volveríamos a derribar toda para que las nuevas ideas, para que la nueva Ciudad Idea se expresara en la realidad.

Como en Fallas

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Bronca dominguera en partido femenino


Terminó un partido de fútbol femenino de esos que se juegan los domingos a mediodía sin apenas público. El conjunto local había perdido por la mínima. Resultado muy ajustado.  Mucha desilusión entre los parroquianos. Vamos, lo normal en cualquier campo de fútbol de nuestro país. Ambos entrenadores se saludan cortesmente, intercambian breves comentarios y se dan un abrazo camino de vestuarios. El padre de una de las jugadoras locales dice algo al técnico visitante. No sé el qué, pero por gestos y muecas faciales se atisba los malos modos. Éste, con semblante de ver el enésimo miura saltar a la plaza, elude la refriega. Su indiferencia sobreexcita a un astado a quien el cuerpo le pedía guerra. Otro resultado final. Su esposa no ponía mucho por contenerle. Avergonzada y con el desgaste de años de matrimonio, se limitaba a darle esos golpecitos ridículos en la coronilla que se les da a los cachorros. Parecía que la pólvora, pues, no iba a prender. Sin embargo,  el ‘segundo’ del técnico, uno mocetón de veintitantos, carne de gimnasio, tomó cartas en el asunto y ya todo se complicó.
Convertido en uno de esos ‘tronistas’ de Telecinco, no tardó en quitarse la camiseta al tiempo que fue dando pequeños brincos hacia atrás como un púgil confiado en su victoria. Habilitaba espacio a fin de que al reducido aforo nos quedara claro que no se contentaría con empujones e insultos a la cara. “¡Ven aquí, ven!”, retaba. Pero ya se habían metido unos cuantos entre medias para abortar cualquier refriega. La grey allí reunida la formaban adultos en chándal y mujeres con coleta, niños atónitos. No era el párking de una discoteca. En ese escenario prepaella familiar valenciana, cualquiera sabía que no se verían puñetazos en la cara. Y por ello, un espontáneo con trazas de ‘spookero’ trasnochado se retó al gladiador de press de banca haciendo ridículas posturas de forzudo de circo ambulante: “¡Mira el musculitos, ché mira!”. Lo repitió una y otra vez, reclamando para sí su cuota de protagonismo. Necesitaba como fuera una historia que llevarse al bar los próximos meses.
Y yo me largué a casa triste porque a las chicas casi nadie les hace caso en un deporte que para ellas no es ‘rey’. Pero más aún por culpa de esos tres miserables que eclipsaron la discreta serenidad de un joven entrenador que fue insultado y amenazado. De esos nunca habla nadie.

martes, 11 de septiembre de 2012

El Mago de Oz

No sé de qué modo lo he hecho pero el twitter me ha conducido al Mago de Oz. Algo al flamenco. Vale, y ya que estamos, a Rommel… Zorro del Desierto. En fin, que lo explico. Uno, que tiene su cuenta de twitter (@alejandropla), va aumentando el número de personas a las que sigue. Este fenómeno es la base de la red social. Hasta ahí todo normal. Y twitter es dado al desahogo. A la denuncia. A la queja, vaya. También algo común. Lo que no entiendo es por qué nadie pasa a la acción. No comprendo lo de hacer tanto hincapié en público (“profundo malestar”, “gran indignación” y derivados… ya saben, el alejamiento de la trinchera tiende a la hipérbole verbal) y no poner solución. Como estar en una barca que se hunde y maldecir en todas direcciones en lugar de colocar un paño en la vía de agua. No sé, lo veo un poco estúpido. En cualquier caso prefiero pensar que esto obedece a otra cosa.
Es posible que las redes sociales potencien una dinámica puesta inocentemente en marcha por aquellas nuevas tecnologías de los 90’: la desconexión del individuo con el mundo real. Este proceso se gestó con la revolucionaria industria del ocio y se ha potenciado con la gasolina súper de Internet. Haces la lista de la compra desde casa (y te la llevan al domicilio), juegas ‘on line’ desde casa, ligas desde casa, practicas sexo (cibersexo) desde casa, trabajas desde casa… y casi sin darte cuenta te haces un gruñón con agorafobia.
En el fondo de su ser la persona sigue teniendo sus rabias, su inconformismo y su noble deseo por un mundo mejor. Y no creo que eso vaya a cambiar jamás. Pero da pena verlo. A la persona, digo. Como animal salvaje criado en cautividad que cuando es obligado a echarse monte arriba, no sabe qué hacer, ni adónde ir y termina plegándose torpemente sobre sí hasta vaciar la vejiga por lo alto del tobillo. Qué lastimita. Esta indolencia, ahora que las cosas se han puesto tan feas, evidencia la cobardía del ciudadano. Del vértigo de antaño por ‘adentrarse’ en la red, al pánico actual por ‘adentrarse’ en el mundo real. Se ha invertido el proceso.
Y yo no puedo evitar acordarme del león que marcha en busca del Mago de Oz para obtener un corazón. El tuitero, como el león, dice que haría muchas cosas; reivindica, amenaza, promete que hará… pero sólo baja a la calle en busca de un punto wifi desde donde seguir alentando a la rebelión. Nos hemos quedado sin hombres de acción. Tuiteros, los que queráis. Muy valerosos a golpe de pulgar. Todos ellos disponen en un click de estupendas proclamas Ctrl+ P de sitios de Internet perfectamente ordenados entres sus ‘favoritos’.
Twitter, ese balcón desde el cual el ciudadano canta su saeta y restriega sus males entre sus cientos de followers a brochazo gordo. Cuando la disquición de turno obtiene RT le invade la gallardía. El valor regio de quien se ve flanqueado por sus tuit-legionarios En ese instante del TL este Zorro del Desierto lanza ofensivas cada más vez audaces. Su grey le tuitea y retuitea con vehemencia… pero este humilde cronista sigue viendo las calles vacías. Los leoncitos van de aquí para allá sin corazón. Sin dirección. Se miran unos a otros a la espera de un rugido que desate la furia en esta manada de circo. Todos mandan hacer pero ninguno hace.
Mucho capitán en lo alto de la colina con iPhone de 400 pavos, pero ni un solo soldado con bayoneta en el cerro. Calla calla, que en la alameda no hay wifi. O llueve. Peor, igual hasta hace frío. Mejor que bajen otros. Eso, eso, jalearos todos entre todos hasta que aparezca algún hombre de acción. Alguien que tome riesgos. Alguna persona auténtica. Y si no la hay, no os preocupéis, marcharemos todos a Oz a buscarlo.

publicado en Ideas ClavesMagazine el 7/9/2012 (http://ideasclave.es/el-mago-de-oz/#.UE9RYFLIbTo)

miércoles, 18 de julio de 2012

El fardo que Sara Carbonero echa al lomo de las mujeres


Cometer un error en el trabajo acarrea consecuencias. En un medio de comunicación, éstas se agravan. Es lo que tiene la repercusión mediática. Pero si la pifia se produce en la televisión, en horario de máxima audiencia y a puertas de la final de una Eurocopa de fútbol… la onda expansiva sacude a todo un país.
Sucesivas equivocaciones de Sara Carbonero, periodista deportivo ‘estrella’ de la cadena Mediaset, reabrieron además un debate que mantuvo incendiadas las redes sociales varios días.
De esta frase de barra de bar “¿La morenaza de labios carnosos y ojos profundos hizo los inalámbricos de la Eurocopa porque está buena?” se deriva la siguiente duda en una sociedad que aspira a la igualdad: ¿En qué medida se otorgan cargos laborales de relevancia a mujeres de indudable atractivo físico pese a no estar intelectualmente preparadas para ello?
Si centramos el debate en el medio televisivo, parece evidente que esta plataforma prima mucho la imagen. En el caso de las mujeres, resulta incuestionable que deben disfrutar de unos rasgos atractivos, cuanto menos dulces y amables. Véase el caso de las presentadoras de informativos y de cualquier otro espacio programado en horarios con cierta audiencia. Por ahí los varones podrían sentirse discriminados. Pero esto es otro debate.
La gravedad del asunto aquí – y el motivo de este artículo – reside en el gran fardo que la Carbonero añade al lomo de sus iguales. En España, aunque menos que décadas atrás, perdura el machismo. Esto se manifiesta, entre otras cosas, en una escasez de puestos de responsabilidad otorgados a mujeres, así como en graves desigualdades salariales.
De aquellas pifias futboleras, me temo, se desprende un corolario de espíritu cartesiano que va más allá de la belleza como ganzúa laboral: me refiero a la sombra de duda que se extiende sobre mujeres con presencia mediática. Uno corre el riesgo de preguntarse ¿tal periodista ocupa su cargo por ser ‘la señora de’? ¿Tal escritora publica en prensa por cubrir una cuota de ‘femineidad’ políticamente correcta? ¿La discriminación positiva genera dudas personales en las propias mujeres sobre su valía profesional?
Por suerte existen mujeres de contrastada solvencia profesional que retiran el fardo que otras echan: Isabel Sánchez en la autonómica (Televisió Valenciana RTVV) y Marta Solano en la nacional (TVE) son dos buenos ejemplos.
Pese a todo, mal asunto éste que afrontan las mujeres. Laboralmente no me gustaría estar en su pellejo.

Publicado en www.ideasclave.es

jueves, 31 de mayo de 2012


¿Dónde se han metido los adultos?

     
    Ayer detuve la moto para empujar el coche de una conductora que se había quedado tirada. De cosas así uno no espera nada a cambio. ¿Qué esperar de alguien a quien jamás volverás a ver? Tampoco aguardo justicia celestial. De hecho, minutos más tarde casi me derriba un coche en una de esas repetidas maniobras invasivas de carril.
   Pese a todo creo que deben hacerse.
   Me entristece que nadie frenase su marcha para ayudar a la mujer. Acalorada, con evidente sobrepeso, a    todas luces incapaz de valerse por sí sola para empujar su coche y dejar de ser un estorbo para sus semejantes. Eran las 19.20 h. del pasado martes 29 de mayo. Ese día mi mujer, embarazada y a pocos días de dar a luz, celebraba su cumpleaños. Hora punta. Final de jornada laboral. Los tres carriles de la Ronda Norte vomitan coches, furgonetas y motocicletas sin respiro de 19 a 20 h. Pero allí nadie ralentiza su marcha si no es por morbo de mirar de soslayo la desgracia ajena. Está claro que la TV ha logrado su objetivo.
 La gente va a la suya. Nadie empatizaba con otro ser humano. Una vez alimentada su maldita curiosidad, pisan el acelerador, suben la música y quizá envían un ‘whassApp’ confiados en que a ellos jamás les ocurrirá algo así. ‘Ya se apañará’ es el pensamiento que define la actitud de todos ellos.
Afortunadamente, un agricultor del huerto vecino también se percata del abandono; suelta su azada, escala el terraplén y me alcanza con paso renqueante. “Señora, póngase al volante y vaya arrimándolo mientras nosotros empujamos”. No fue una gran hazaña. Qué va. Entre aquel anciano y yo apenas tardamos dos minutos en arrimar el vehículo al bordillo. La mujer nos regaló una sonrisa nerviosa y algunas palabras que yo casi ni entendí. Eso sí, su cara se iluminó. Lo hizo con esa luz que sólo desprende la gratitud. Tan rara de ver ahora. No porque el ser humano la haya apagado, sino porque escasean los gestos que la encienden. Está latente, ahí.      En todos nosotros.
El agricultor regresó al campo. Yo me subí en la moto. Todos desaparecimos. Y yo me niego a que se esfume lo que allí ocurrió. La prueba evidente de que España involuciona a una edad infantil.


Artículo publicado en  




jueves, 10 de mayo de 2012

No sólo la crisis cierra tiendas


Entiendo que uno debe contar las cosas buenas pero también las malas. Y he aquí que hoy me toca de las segundas. Una tienda de calzado para corredores. Me duele especialmente porque es un gremio que lo tiene mal a tenor de las ventas por Internet y, sobre todo, porque las últimas zapatillas (mis actuales) las compré allí: Deportes Marathon  (Don Armando Palacio Valdés, 4. Valencia).
Entré nada más salir de currar. Emocionado. Un corredor se estimula ante su próxima adquisición de calzado. No había nadie en la tienda. El hombre, el mismo que me atendió la última vez, se dirige para atenderme. Inicio la charla: “Mira ya estuve aquí comprándote unas zapatillas y algo de ropa para la última carrera que hice. Vengo a por unas zapatillas. La última vez me llevé unas Asics pero me apetecé cambiar y probar Adidas”. Me saca dos modelos y me explica sus características técnicas. Como entonces. Hasta ahí todo iba bien.
“Vale, ¿me sacas de esos dos modelos la talla 45 y 46 y me las pruebo a ver qué tal?”. Y la gran cagada salpicó la tienda nada más me respondió: “¿Te las vas a llevar? Es que si no te las vas a llevar no voy al almacén para que te las pruebes”. Tal cual. No insistí. Me levanté de la banqueta donde ya me había sentado, me despedí amablemente y no sé si regresaré algún día.
Muchos empresarios se lamentan del cierre de sus tiendas. La primera norma para vender bien es el trato personal. Y eso es algo que hace tiempo olvidaron muchos vendedores. En época de crisis, en época en la que Internet fagocita el negocio tradicional, en una tienda en la que en ese momento no había otros clientes (no ponías en riesgo otras ventas por una ‘posible’ venta) y a quien estás atendiendo es antiguo cliente, por cosas así deja de venir a tu tienda la gente a comprar. Y cerrarás. Y te cagarás en la crisis, en el gobierno de la Generalitat, en el gobierno de Madrid y en la conjunción de los astros estos últimos meses. Pero el problema lo tienen muchos en cómo atienden a los clientes. Muchas veces el problema es uno. El Infierno está ahí fuera, sí, pero no son los demás.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Vaya cochazo, nena

'Es que como vamos a tener otro hijo (el segundo) había que comprar un coche así. O su variante: 'es que como vamos a tener un hijo (el primero), había que comprar un coche así'. El coche en cuestión es un suburban. Otro de esos goles que nos mete EE.UU. en perfecta rosca mediática ajustada a la escuadra. Un suburban es el 4x4 de toda la vida, pero domesticado. Igual de tocho pero con  acabados más refinados. Vamos, que lo encarecen aún más. Al mando suele ir una mujer de mediana edad, con esa melenita acorde al dulce y apasionante momento vital. La tanqueta no ha pisado un camino de tierra ni en la foto del catálogo. Que para eso está el Photoshop, que no os enteráis. Ni terraplén pedregoso, ni duna vertiginosa... la maniobra más 'salvaje' ha sido meterle un llantazo aparcando marcha atrás en el Hipercor.

¿Esta maneta de aquí cuál es? Cariño, se llama tracción trasera.
¿Y por qué está tanto alto para subir, 'collins', que me duele este músculo (se señala el cuádriceps)? Cariño, es por si, atravesando un sendero cenagoso, el lodazal del terraplén se cuela en la cabina.
¿Lodazal, cenagoso, terraplén... de quién? Da igual, déjalo. Tú ponte el cinturón.

Claro que da igual. Lo que importa es que vale un riñón, consume un huevo y si te sientes seguro en pleno casco urbano. Te da la movilidad de la reina en el ajedrez; revientas toda casilla adyacente. Con la tanqueta puedes invadir indistintamente el carril de la izquierda, el de la derecha o, que tampoco pasa nada, el de los taxistas, que son un poco cabrones y ellos hacen lo mismo.
Ya se apartarán cariño cuando vean tu guardabarros de adamantium forjado por enanos de las montañas asomar amenazantemente en sus ventanillitas.

Pero eso es lo de menos. O no. El caso es que me estoy desviando.

Escribía esto por lo de las necesidades que nos están colando por la escuadra. El bombardeo consumista es tal que nos impide escuchar el sentido común. Dudo que por comprar en función de nuestras necesidades se desestabilice la dinamo capitalista. Rodará igual, pero más racionalmente. Coño, no te lleves 30 yogurts si la semana sólo te da para jalarte 12. ¡Aunque te ahorres 70 céntimos! Va, espabila, que no dejan de torearte en el supermercado.

Mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí, con nuestras bolsas de deporte, mochilas del cole y demás parafernalia infantil en un Renault 5 de segunda mano que en invierno arrancaba mi padre a empujones. Ni mi hermano ni yo hemos tenido que ir al psiquiatra aquejados por punzantes y cíclicos traumas claustrofóbicos. Supongo que mis padres no tenían dinero para un coche mejor o, quiero creer, aquel les parecía suficiente y prefería destinar ese dinero a otras necesidades. Por entonces ya existían los modelos 4x4. No muchos, pero los había. Eso sí, sólo los compraban la gente que vivía en el campo y la montaña. Ya saben, personas que debían desplazarse hasta lugares de difícil acceso; de carreteras asfaltadas, caminos angostos y taludes de vértigo. Gente que debía transportar kilos de leña, perros de caza y enormes tolbas de pienso.